En los últimos años ha surgido el término “therians” para describir a personas que afirman tener una identidad espiritual o interior vinculada a un animal. Aunque la Biblia no utiliza ese término moderno, sí establece principios claros sobre la naturaleza humana, la dignidad del hombre y las consecuencias de rechazar el diseño divino.
Como hijo de Dios, mi postura no nace del rechazo hacia personas, sino de la fidelidad a la Palabra.
1. El diseño original: el hombre no fue creado como bestia
La base de todo comienza en el libro de Génesis:
“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza…” — Génesis 1:26
Los animales fueron creados “según su especie” (Génesis 1:24).
El hombre fue creado a imagen de Dios.
La diferencia no es pequeña. Es estructural.
El ser humano posee conciencia moral, capacidad espiritual y responsabilidad delante de Dios. No es una especie intercambiable dentro del reino animal; es portador de la imagen divina.
Negar esa distinción no es solo un tema cultural. Es un asunto teológico.
2. Cuando el hombre desciende a condición bestial
El caso más impactante en la Escritura es el del rey Nabucodonosor II en el Libro de Daniel capítulo 4.
Por su soberbia, Dios permitió que fuera humillado:
“Y fue echado de entre los hombres, y comía hierba como los bueyes…” — Daniel 4:33
Aquí no hubo transformación espiritual en animal.
Hubo degradación como juicio.
Nabucodonosor perdió la razón hasta que reconoció la soberanía de Dios (Daniel 4:34-37). Cuando levantó sus ojos al cielo, su entendimiento fue restaurado.
La enseñanza es clara:
Cuando el hombre se exalta por encima de Dios, puede perder la dignidad que no supo honrar.
La Biblia no presenta la animalización como identidad, sino como consecuencia del orgullo.
3. La advertencia sobre intercambiar la gloria
El apóstol Pablo escribe en Romanos 1:23:
“Cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.”
Y más adelante afirma que Dios los entregó a una mente reprobada (Romanos 1:28).
El principio bíblico es contundente:
Cuando el ser humano intercambia la verdad por una distorsión, su entendimiento se oscurece.
No es evolución espiritual. Es confusión espiritual.
4. ¿Qué pasó con Salomón?
El rey Salomón no se convirtió en animal ni comió pasto.
Su caída fue distinta.
En 1 Reyes 11 se narra cómo su corazón se inclinó hacia la idolatría por influencia de sus esposas.
El problema no fue volverse bestia físicamente, sino apartarse espiritualmente.
Y ese es el patrón constante en la Escritura:
La caída del hombre siempre comienza en el corazón.
5. Mi postura como hijo de Dios
Creo firmemente que:
La identidad humana no es flexible ni redefinible a voluntad.
Somos creación directa de Dios.
Nuestra verdadera identidad está en Cristo.
“¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?” — Salmos 8:4
Y aun así, Dios lo coronó de gloria y honra (Salmo 8:5).
No fuimos creados para descender a lo instintivo, sino para reflejar al Creador.
El hombre puede degradarse.
Pero también puede ser restaurado.
Conclusión
La Biblia no respalda la idea de que el ser humano deba identificarse como animal para encontrar propósito o sentido.
Cuando el hombre olvida que fue creado a imagen de Dios, pierde dirección.
Cuando recuerda que es hijo, recupera dignidad.
No estamos llamados a convertirnos en bestias.
Estamos llamados a nacer de nuevo.
La verdadera transformación no es hacia abajo.
Es hacia arriba